lunes, 21 de diciembre de 2015

En 1976 se publica por primera vez el sorprendente relato de un príncipe mestizo, hijo de una misionera alemana y un rey de una tribu amazónica que se hacía llamar Tatunca Nara y que había aparecido en Manaos contando una de esas historias que difícilmente se olvidan.

Según él, hace 15.000 años un “hijo de los dioses” fue dejado en la Amazonía para proteger un imperio que levantó pirámides y grandes redes de túneles, que usaban “barcos sin velas ni remos” que volaban y piedras con las que veían cosas que sucedían en el extremo opuesto de la Tierra. Las ruinas de ese pueblo perdido, decía, se hallaban cubiertas por la vegetación entre Brasil, Perú, Venezuela y Bolivia. Pero él y su pueblo sabían donde encontrarlas. El primero en caer rendido ante el relato de Tatunca Nara fue un periodista de televisión alemán que viajó a Brasil para encontrar al mestizo y le convenció para emprender una expedición en busca de Akakor. Se llamaba Karl Brugger y su aventura tuvo lugar en 1972.

Brugger jamás vio Akakor. Remontó partes del río Purus en vano, pasando calamidades sin límite, y quedándose con apenas el relato de Tatunca Nara en doce cintas de cassette.

En ellas le hablaba del origen de Akakor, de cómo fue fundada por una raza humana venida de las estrellas y de cómo excavaron hasta 26 ciudades subterráneas en aquellas latitudes. Incluso le dijo que había tenido la oportunidad de ver una estancia con cuatro cuerpos en animación suspendida de esos visitantes humanos, pero con seis dedos en cada extremidad.

Más tarde, será Erich von Däniken quien caerá seducido por su historia. De hecho, llegó a prologar el libro de Brugger y en 1977 financió otra expedición con Tatunca Nara al frente para encontrar esas pruebas. Por desgracia, lo único que hallaron fue una pirámide cubierta de vegetación en medio de la foresta, en la sierra de Parima, que resultó ser un montículo natural. Nada más.

Lo “maldito” del caso llegó cuando Brugger fue asesinado en Río de Janeiro en enero de 1984 de un disparo a quemarropa en la playa de Ipanema. Al parecer, él y Tatunca Nara estaban litigando por los royalties del libro y el mestizo decidió quitárselo de en medio. De hecho, Günter Hauck, verdadero nombre de Tatunca Nara, estaba ya acusado de otras tres muertes. Al parecer, excursionistas extranjeros a los que prometió conducir hasta la mítica Akakor y que jamás regresaron de la selva. Enseguida la policía alemana lo identificó como un convicto huido de su país en 1968, y en paradero desconocido desde entonces. El mito del “indio que hablaba alemán” estaba derrumbándose.

Posdata: Lo más parecido a Akakor, por su ubicación geográfica, sería Chan Chan, una ciudadela de barro rodeada de misterio, pero en absoluto parecida a las grandilocuentes descripciones del alemán.

Fuente: navedelmisterio.com

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